Cuando la mente piensa más de lo que la vida ocurre
Vivimos rodeados de estímulos, recuerdos y escenarios futuros. Pensamos lo que pasó, anticipamos lo que podría pasar y, mientras tanto, la vida ocurre en un lugar mucho más sencillo: el presente. Quizá escribir sea una de las formas más humanas de volver a él.
Escribir es mi forma de inclinarse hacia adentro. De tocar eso que siento, pero que no siempre sé decir en voz alta. Debo detener por unos minutos el ruido exterior y escuchar qué está pasando dentro de mí. Porque hay momentos en los que no necesitamos otra respuesta. Necesitamos espacio para hacernos la pregunta correcta.Y quizá eso es lo que más me ha enseñado escribir: no siempre necesitamos pensar más; muchas veces necesitamos pensar mejor.
La mente puede vivir en lugares donde nosotros ya no estamos
Hay algo extraño en la experiencia del ser humano.Nuestro cuerpo puede estar tomando café mientras nuestra mente está reconstruyendo una conversación de hace tres días.
Podemos estar caminando mientras imaginamos una conversación que todavía no sucede. Podemos estar con alguien que queremos mientras pensamos qué podría salir mal. Podemos estar viviendo una etapa nueva mientras seguimos emocionalmente atrapados en una anterior.
El cuerpo está aquí. La mente, quién sabe. Y ahí comienza uno de nuestros grandes problemas contemporáneos: hemos desarrollado una capacidad extraordinaria para imaginar, pero no siempre sabemos regresar de lo que imaginamos.
La psicología cognitiva estudia este fenómeno como mind-wandering, o divagación mental. Una investigación clásica de Matthew Killingsworth y Daniel Gilbert encontró que las personas pasan alrededor del 47 % de su tiempo despierto pensando en algo diferente de lo que están haciendo. Casi la mitad, eso significa que mientras la vida ocurre, una parte importante de nosotros puede estar en otro lugar: en el pasado, en el futuro, en una conversación imaginaria, en una preocupación, en un “¿y si…?”. Y entonces me pregunto:
¿Cuánto de nuestra vida estamos realmente viviendo y cuánto estamos pensando que vivimos?
Sobrepensar no siempre significa pensar profundamente, durante mucho tiempo confundí pensar demasiado con ser reflexiva.
Hoy empiezo a entender que no son lo mismo, pensar puede ayudarnos a comprender, pensar puede ayudarnos a comprender, sobrepensar puede mantenernos atrapados, una cosa es preguntarse “¿qué ocurrió?” …
Otra muy diferente es reconstruir cincuenta veces por qué ocurrió, qué habría pasado si hubiera dicho otra cosa, qué estará pensando la otra persona y qué podría suceder mañana. El pensamiento puede convertirse en un circuito cerrado, la misma pregunta, la misma respuesta, la misma angustia, otra vez, otra vez y otra. La misma pregunta hasta que terminamos agotados sin haber avanzado realmente. La rumiación psicológica funciona precisamente así: pensamientos repetitivos centrados en problemas, emociones o acontecimientos negativos que no necesariamente conducen a una solución. Pensar debería abrir posibilidades, cuando únicamente repite el mismo escenario, comienza a convertirse en desgaste.
Escribir convierte el pensamiento en algo que podemos mirar
Aquí es donde la escritura adquiere otra dimensión. Cuando algo permanece únicamente en nuestra cabeza, puede sentirse enorme, cuando lo escribimos, adquiere límites, ya no es simplemente una respuesta vacía : “estoy mal”.
Ahora puedo escribir: Estoy triste porque este no era el resultado que quería. Estoy enojada porque esperaba otra respuesta. Tengo miedo de equivocarme. Estoy intentando controlar algo que no puedo controlar.
La emoción sigue ahí pero ahora tiene nombre y ponerle nombre a una experiencia cambia nuestra relación con ella. La investigación de Matthew Lieberman y sus colegas sobre la etiquetación emocional encontró que poner sentimientos en palabras puede ayudar a disminuir la respuesta emocional frente a aquello que nos genera malestar. No significa que escribir elimine una herida, significa algo mucho más interesante: Cuando conseguimos nombrar lo que sentimos, dejamos de relacionarnos con ello únicamente desde la reacción. Comenzamos a observar.Y observar es el primer paso para comprender.
Escribir no borra las heridas; les da un lugar.
Creo que aquí existe una diferencia importante entre escribir para escapar y escribir para sanar. Escribir para escapar puede convertirse simplemente en otra forma de rumiar. Volvemos una y otra vez al mismo acontecimiento, lo narramos, lo analizamos y lo sufrimos. Pero no necesariamente lo procesamos, escribir para comprender es diferente, no busca únicamente contar qué pasó, busca preguntarse:
¿Qué me pasó a mí mientras esto ocurría?
¿Qué aprendí?
¿Qué toleré?
¿Qué necesitaba?
¿Qué límite no puse?
¿Qué miedo estaba intentando proteger?
¿Qué parte de mí todavía necesita ser escuchada?
Ahí la escritura deja de ser un depósito de pensamientos y comienza a convertirse en una herramienta de autoconocimiento.
Algunas heridas necesitan palabras antes que respuestas y hay experiencias que durante mucho tiempo no sabemos explicar, sabemos que algo nos dolió, sabemos que reaccionamos de determinada manera, sabemos que una relación nos cambió pero no siempre sabemos por qué. La escritura permite regresar a esas experiencias sin necesidad de resolverlas inmediatamente.
Podemos escribir una carta que nunca enviaremos, podemos describir aquello que no nos atrevimos a decir, podemos escribirle a nuestra versión de hace diez años.
Podemos preguntarnos qué necesitábamos entonces y qué necesitamos ahora.Y quizá descubramos algo incómodo: muchas veces no estamos intentando entender el pasado; estamos intentando conseguir en el presente algo que el pasado no nos dio.
Reconocerlo puede doler pero también puede liberar. Escribir es una forma de volver al presente.
Hay algo que me gusta especialmente de escribir a mano o sentarme frente a una página en blanco, durante unos minutos no puedo hacer cinco cosas al mismo tiempo, tengo que quedarme con una idea, una emoción y una pregunta conmigo, es decir debo elegir una sola cosa y allí dejar que mi cerebro se “vacíe” , es el momento donde mi cuerpo se siente en el ahora.
En una época diseñada para interrumpirnos constantemente, esa pausa tiene un valor enorme, notificaciones, videos cortos, correos, mensajes, noticias, publicidad, opiniones, algoritmos, todo compite por un fragmento de nuestra atención y nosotros seguimos entregándose, por eso escribir puede convertirse en un pequeño acto de resistencia, no contra la tecnología sino contra la dispersión y allí entieno algo: no todo pensamiento merece nuestra atención.
Esta quizá sea una de las cosas más importantes que estoy aprendiendo, no todo lo que pienso es verdad, no todo lo que siento necesita convertirse en una decisión, no todo escenario que imagino merece convertirse en una preocupación.Y no toda emoción necesita una respuesta inmediata, la mente produce pensamientos constantemente, nosotros decidimos cuáles alimentar, escribir me permite hacer esa diferencia, puedo observar una idea sin obedecerla, puedo escribir mi miedo sin convertirlo en una profecía, puedo reconocer una herida sin convertirla en mi identidad. Puedo decir: “Esto es lo que estoy sintiendo, pero esto no necesariamente es lo que está ocurriendo.” Y entre ambas cosas aparece un espacio y ese espacio se llama “conciencia” .
Quizá sanar también consiste en aprender a narrarnos diferente, durante años podemos contarnos la misma historia, las repetimos tanto que terminamos confundiéndose con nuestra identidad, pero una historia también puede reescribirse, no para negar lo que ocurrió sino para darle otro significado, no puedo cambiar lo que viví pero si puedo cambiar la interpretación desde donde la miro.
Puedo dejar de ser únicamente la persona a la que le ocurrió algo y comenzar a ser la persona que decide qué hacer con aquello que le ocurrió, eso no es negar la herida es quitarle el control sobre el resto de nuestra historia.
Escribir también es elegir qué pensamiento se queda, quizá por eso cada vez me interesa más escribir no porque crea que una página pueda solucionar una vida o cambiar la historia sino porque una página puede ayudarnos a ver con más claridad.
Y cuando vemos con claridad, podemos decidir qué conservar, qué cuestionar, qué aprender, qué soltar, qué volver a intentar o qué dejar atrás definitivamente.
La escritura no reemplaza la terapia, la conversación ni el acompañamiento cuando necesitamos ayuda. Pero puede convertirse en un espacio complementario para observarnos con más honestidad.
Muchas personas piensan que el escribir puede ser la solución o la respuesta definitiva: Escribir puede ser el puente o el camino para descubrir que nos estábamos haciendo la pregunta equivocada.
¿ Por qué escribir para volver ?
Volver no significa regresar. Durante mucho tiempo pensé que volver significaba regresar a un lugar. Hoy creo que no. Volver puede significar regresar a una misma, a lo que resuena con uno, a lo que nos gusta, a nuestra curiosidad, a esa capacidad de asombro o volver a conocernos, volver a los libros que dejamos a medias, a las conversaciones que nos hacen pensar, a los sueños que dejamos para después, a la versión de nosotros que existía antes de comenzar a vivir únicamente por cumplir expectativas.
Por eso el título de este texto no es simplemente “Escribir para volver”. Escribir para volver significa regresar a ese lugar interno que el ruido, las heridas, las obligaciones y el exceso de pensamiento fueron ocupando poco a poco. Tal vez el problema de nuestra época no sea que pensemos demasiado. Tal vez sea que pensamos sin detenernos a procesar lo que pensamos.
Acumulamos información, opiniones, conversaciones, imágenes, noticias y preocupaciones, guardamos cientos de publicaciones para “leer después”, consumimos consejos sobre cómo vivir mientras aplazamos la experiencia de vivir. Y entonces escribir aparece como una pregunta silenciosa: ¿Qué está pasando realmente dentro de mí?.
No siempre encontraremos una respuesta, quizá encontremos algo mejor, un poco de silencio, de claridad, una herida que finalmente tiene nombre o una decisión que llevaba meses esperando, una versión de nosotros que necesitaba ser escuchada. Porque quizá escribir no sea escapar de la vida para entrar en una página, quizá sea exactamente lo contrario: Escribir es salir por un momento de nuestra cabeza para poder volver a la vida.
Y cuando finalmente volvemos, el mundo sigue siendo el mismo pero nosotros ya no lo estamos mirando desde el mismo lugar.
