Los algoritmos sacrifican la profundidad de las relaciones humanas.


En un mar de datos, nos estamos quedando sin abrazos.


Hace no mucho hablaba con alguien de la palabra “algoritmo” y cómo se entiende de una manera diferente para cada área. Los algoritmos son fundamentales en el marketing digital y funcionan como sistemas que procesan grandes cantidades de datos para entender el comportamiento del usuario y ofrecer contenido personalizado para lograr optimizar anuncios y mejorar la experiencia del usuario. 

Los algoritmos son cerebros invisibles que analizan millones de datos para predecir qué queremos ver, qué comprar y en qué momento hacerlo. Nos conocen en patrones, pero no en sentimientos. Si los algoritmos buscan optimizar la experiencia del usuario… ¿Nosotros buscamos optimizar la experiencia de quienes caminan a nuestro lado? ¿Leemos los gestos del otro con la misma atención con la que una plataforma lee nuestros clics?

¿Estamos entendiendo el comportamiento de quienes amamos o solo consumiendo lo que nos ofrecen?
Podemos vivir programados por algoritmos externos, o podemos elegir diseñar nuestros propios algoritmos internos: los de la empatía, la escucha, el abrazo y la presencia. En un libro de Marian Rojas Estape sobre cómo hacer que te pasen cosas buenas, comentan algo sobre la empatía y el ser vitamina en la vida de los demás. Cuando vivimos con empatía, logramos que nuestra esencia permanezca en el otro, argumentando que un simple gesto como una sonrisa, un saludo de buen día o un simple gesto de amabilidad con el otro puede cambiarle el día al otro, que a la final está cargando con peores cosas que tú y solo por ese montón de cargas ha perdido la capacidad del asombro.

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Quizá el algoritmo más revolucionario no esté en una pantalla, sino en nuestra capacidad de sentir y conectar. Sabemos que hay millones de personas en este mundo y que es válido no conectar con todo el mundo; es válido que cuidemos nuestro entorno, pero también es válido hacer algo bonito por esa persona que te importa, por tu familia, por tu amigo, por tu vecino, por el que te vende el café todos los días. Porque fue un éxito la campaña de marketing de Starbucks: fue una iniciativa para humanizar la marca, donde los baristas escribían mensajes a mano en los vasos de los clientes para fomentar la conexión emocional, la cual hemos perdido porque se nos hace más fácil conectar por medio de datos que conectar de forma humana, porque estamos tan sumergidos en que nos pasen situaciones interesantes que olvidamos lo bonito de lo inesperado, olvidamos que también hay buenas personas, olvidamos que las cosas bonitas sí nos pertenecen.
Así como los algoritmos personalizan contenido, nosotros podríamos personalizar nuestro trato hacia las personas, escuchando lo que realmente necesitan, leyendo sus gestos para entender qué sienten o cómo se sienten con nuestra presencia.
Creo que si personalizamos nuestra presencia, evitaremos desgaste emocional, depresión o ansiedad.

Aunque la moda ahora es “soltar”, quizá por eso hemos perdido la capacidad de personalizar nuestro contenido, nuestra existencia con el otro. Los algoritmos predicen lo que vas a querer comprar; nosotros podríamos aprender a intuir lo que el otro siente o necesita. Los algoritmos dividen a las personas por intereses; nosotros podríamos aprender a incluir y conectar más allá de etiquetas.Tal vez el algoritmo más importante no es el que se programa en un código, sino el que elegimos escribir en nuestra vida diaria: el de la empatía, la escucha y la presencia.

Si aprendemos a personalizar nuestro vínculo con el otro, no sólo optimizamos la relación: la volvemos humana.

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