Fatiga de decisiones: por qué pensar demasiado está agotando tu mente

Cómo elegir conscientemente lo que consumes y lo que piensas para transformar tu día a día.

Esta semana estaba hablando con alguien cercano; literal, se volvió cercano en menos de ocho días. Acá llega otra pregunta: ¿cómo alguien de la nada puede volverse tan cercano a ti? Es que nunca me había pasado que en menos de 15 días, o bueno, 8 días, una persona que para mí era un completo desconocido ahora sea la persona que está en mi rutina.
Pero de ese tema quizá escriba algo más, pero no será este el caso.

Resulta que hablando con este “cercano” me he cuestionado mucho, últimamente todo lo que hago, pienso, leo, escribo o busco. He llegado a la conclusión de que vivo pensando más en un futuro, olvidando el presente, que me he dedicado más a “sobrepensar” que a pensar “inteligentemente”; le daba más importancia al “¿qué me coloco hoy?”, “¿cómo me visto?”, o sea, literal, pensamientos que no me suman, pensamientos vacíos. Decidir qué ponerme es un desgaste de energía mental. De hecho, hay estudios en psicología cognitiva que muestran que cada vez que tomamos una decisión —incluso algo tan “simple” como elegir un outfit— gastamos recursos cognitivos limitados. Esto se llama fatiga de decisiones.

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¿Por qué consumimos tantas neuronas pensando en cómo me visto hoy? 

  1. Microdecisiones acumuladas: Un outfit no es una sola decisión, sino una cadena de decisiones: color, clima, ocasión, accesorios, comodidad, imagen personal… y eso multiplica el gasto mental porque pensamos que esto es la decisión más importante cada mañana o incluso la última decisión que tomamos antes de irnos a dormir. 
  2. Carga emocional: He aquí uno de los puntos que más me mueven: el cómo me percibe el mundo, el otro, los demás. Me importa mucho cómo me perciben los demás; esta decisión no es “neutra”, sino que afecta mi autoestima y mi autoimagen. Eso hace que mi cerebro lo vea como “decisión importante” y le dedique más energía.
  3. Inseguridad o cambio interno: Cuando nuestro cuerpo está en un cambio (emocional, laboral o de vida), nuestro estilo también entra en transición. Esto genera más duda porque no tienes un “uniforme mental” claro, el cual nos aporta seguridad, estabilidad. 

Estudios de Baumeister y otros psicólogos muestran que el cerebro tiene una especie de “batería” diaria para tomar decisiones. Gente como Steve Jobs o Mark Zuckerberg usa siempre el mismo estilo de ropa precisamente para ahorrar energía mental y dedicarla a otras cosas. El fenómeno se llama decision fatigue y está comprobado que, al final del día, cuando más decisiones has tomado, peor decides.

Pensar constantemente en qué me coloco hoy, o sea, en el outfit, consume más energía mental de lo que parece porque mi cerebro está tomando decisiones y cada decisión activa varias áreas cerebrales, especialmente la corteza prefrontal, que se encarga de planificar, evaluar opciones y anticipar consecuencias. Esta fatiga por decisiones… Algo que aprendí leyendo es que mi cerebro gasta glucosa y neurotransmisores como la dopamina y, aunque no lo notaba, esto me hace sentir más cansada, como agotada mentalmente; me hace perder el enfoque en las cosas que sí son importantes. 

Estos días de tanto cambio personal y de un cambio de convivencia al llegar este “cercano”, los pensamientos absurdos que me causan ese desgaste mental han ido tomando menos espacio en mi cabeza; inclusive cambié mi algoritmo en redes sociales para consumir un contenido diferente.

Sin embargo, solo el hecho de tomar conciencia de lo que consumo, pienso o sobrepienso me pone al otro lado del panorama, lo que pensamos sí aporta mucho a lo que atraemos. Haciendo un ejercicio de autoanálisis, los pensamientos que ocupan mi espacio mental en este momento de cambio e independencia deben ir encaminados al crecimiento personal, financiero. Siento que todas las personas llegan a tu vida por diferentes razones y con este “cercano” día a día sigo aprendiendo, yo siempre llegaba a la vida del otro a cuestionar y ahora han llegado a cuestionarme lo que pienso, decido , hasta el cómo afronto las cosas, cómo diálogo con el otro, lo que hablo con el otro, nunca nadie me había hecho cuestionar el porqué de las cosas, de porque el cielo es azul, porque mis dedos se colocan arrugados cuando estoy tanto tiempo en el agua, de porque el billete de 500 euros es más grande, porque mi cuerpo al tocar un metal y un libro siente a ambos cuerpos fríos, de porque utilizamos mal algunos términos como voltios o amperios, nadie había sostenido una conversación conmigo de cosas diferentes que no fueran sobre sexo, ruptura o en el mejor de los casos sobre literatura.

Estoy aprendiendo a moverme en un nuevo mundo, pero sin dejar de lado lo que me gusta. Tengo claro que debo seguir observando: analizar el tipo de contenido que consumo y aprender a usar mejor mi tiempo, para dejar de “sobrepensar”.

También estoy entendiendo que los cuestionamientos de otros no siempre son un ataque o un juicio, sino parte de una conversación limpia, sin competencia por “quién sabe más” o “quién gana la discusión”. Se trata, más bien, de elegir con cuidado los pensamientos que me acompañarán durante el día, de ser más consciente de lo que consumo en redes y de buscar nuevas formas de aprender y aprehender.

En este proceso, me doy cuenta de que todo parte de la conciencia: de lo que pienso, de lo que dejo entrar en mi mente y de cómo decido interpretarlo. No siempre podré controlar lo que me dicen o lo que ocurre a mi alrededor, pero sí puedo elegir la calidad de mis pensamientos y el rumbo de mi atención. Al final, mi verdadero cambio no está en dejar de ser quien soy, sino en aprender a ser más selectiva con mis ideas, más ligera con mis juicios y más intencional con mi energía. Porque la mente, igual que el cuerpo, se moldea con lo que le damos cada día.

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